Cap. III - The Dope Show

Domingo 31 de Octubre, 1999

Frank subió al automóvil de Catrian, junto con todos quienes se hallaban en su casa, tras dejar la puerta cerrada con llave. Lo mismo hizo con su piano y se metió la llave en el bolsillo interior de la camisa a cuadros. Sí, en tiempo récord se había cambiado y arreglado lo suficiente como para parecer un chico normal que pretendía disfrutar de una noche de Halloween como si jamás lo hubiese conocido. Los jeans oscuros y ajustados iban rotos en las rodillas, la camisa, azul con gris se ajustaba a su figura pequeña y la chaqueta de cuero negra le daba un aire mayor en edad, bastante más rudo de lo que en realidad él siquiera se consideraba. No podía negar que la idea de salir de su rutina le emocionaba y le agradaba en demasía, a medida que iba entrando la noche y que sus compañeros le parecían cada vez más simpáticos. No tenía idea de lo que hubiese tenido ese pastel, pero la sensación de satisfacción que llevaba en el cuerpo jamás la había experimentado con anterioridad.

El paseo en auto no fue muy largo, sin embargo, para Frank resultó más movido de lo que pudo haber sido para el resto. Partieron desde Amsterdam Avenue y cruzaron el túnel Lincoln hacia el estado de Jersey. Allí Frank sabía que la cosa era un poco más cruda, los libros lo describían y cada vez que los noticiarios apuntaban a alguna masacre o terribles acciones dignas de película de horror, todas ocurrían del otro lado del Hudson. Comenzó a recordar entonces que cuando pequeño había estado por allí, quizá más de alguna vez para visitar a alguien… No recordaba, tampoco le importaba demasiado. Las luces del túnel le marearon con su tonalidad anaranjada y ese brillo que reflejaba la iluminación de los vehículos que paseaban delante de ellos era realmente molesto. Sus sentidos parecían estar exacerbados de alguna manera extraña y a pesar de ello se sentía algo lento, bastante descoordinado y hasta envuelto en una atmósfera diferente a la que acostumbraba… Las risas y los chistes que pasaban por su cabeza rápidamente, no alcanzaba a hilarlos en dos palabras cuerdas y lo que oía definitivamente parecía un jardín de infantes rusos, italianos y búlgaros. No comprendía nada y aún así, asintió y dio su aporte a las gracias de los demás.

-Correr con el flúor…- se rió en voz alta. La carcajada que estalló en el automóvil fue superior a cualquier otra que Frank jamás hubiese escuchado en su vida.

-¡Mira si ya te tocó, Iero!- exclamó el punk rocker que conducía- amigo, más dignidad, por favor, sólo era un poco de marihuana…

-le pusieron… marihuana al pastel ¿verdad?-masculló torpemente, abriendo los ojos e intentando enfocar la caña de oboe que colgaba del espejo y se movía de un lado a otro.

-Lo suficiente como para que no ocurriera nada malo, cariño- dijo Amy desde el asiento trasero- ¿te sientes bien?

La mirada oji-azul de la muchacha le dio escalofríos y un choque eléctrico recorrió su espina, haciéndole arquear en el asiento, sutilmente. Ella aprovechó ese momento para pasarse por el asiento hasta llegar a Frank, quien entonces no podía dejar de ver las líneas anaranjadas que pasaban sobre él por el parabrisas, alargadas y rápidas. No podía contarlas.

-¡Maldición, Amy!- se quejó el chofer, empujando a la chica hacia el lado del muchacho ido- ten más cuidado por amor a Dios.

La velocidad en la pista de conducción aumentaba, así como las pulsaciones de Frank quien ya sentía la sangre recorrer sus venas acelerada, casi como en una carrera contra el tiempo. Sentía un martilleo pesado y lento en su cabeza, que robaba su concentración de cualquier cosa que no fueran los cabellos oscuros de la exuberante chica le parecieron atractivas ondas, serpientes enredándose cerca de su rostro, a punto de besarlo. Le gustaba esa sensación, pero era demasiado, tan cerca que le ahogaba.

-oye, oye- se quejó el chico de la mirada perdida- no es justo que te aproveches de mí en estas circunstancias. –dijo inocentemente, fingiendo molestia. Sin sus cinco sentidos alerta, aquel intento había sonado patético.

-creo que todos nosotros estamos en circunstancias normales- le respondió la chica- y nosotros-dijo refiriéndose a ellos y a su cercanía- estamos más que bien… ¿no te parece?

-Amy, ya déjalo en paz- advirtió George, interviniendo por primera vez en lo que llevaba la noche.- ¿jamás habías comido queques o brownies con hierba, Frank?

-¿Hierba?...

-Hey, vas muy ido, pianista-se preocupó Julie- ¿seguro que te encuentras bien?

Frank sonrió con astucia e intentó centrarse en las luces de la carretera, no en los pechos de Amy, ni en esa cadena con una Llave de Sol que se perdía en la unión de esos montículos bestiales cerca de su rostro. Suspiró una vez y cerró los ojos. Aguantó la carcajada antes de responder.

-Estoy de-lo-mejor- alcanzó a reír antes de sostenerse con fuerza para no colapsar frente al parabrisas del copiloto, tras el fuerte frenazo que el chofer había dado

-¡Mierda Amy, no me toques las bolas!-dijo Catrian sacándose a la chica de encima de un empujón.

-¡Ay! desde cuándo no te gusta que te las toquen, ¿eh?- dijo encendiendo un cigarrillo- sólo un poquito…

-voy conduciendo… ¿qué no te puedes esperar a que salgamos del jodido túnel?-le respondió el muchacho- nunca dejas de pensar en follar, ¿verdad?

Frank se recostó sobre el asiento y cerró los ojos. No quería oír la discusión, ni entretenerse con los insultos que iban y venían para la chica de actitud lasciva. Muchas cosas iban más rápido de lo que su cerebro estaba procesando y por lo mismo, comenzó a sentirse incómodo por no ser capaz de dominar sus sentidos del todo. Lo estaba pasando bien, solo él sabía lo placentero que se sentía ese pequeño viaje a otra dimensión de la que ya regresaba. Sin embargo no comprendía ¿por qué asimilarlo le resultaba tan sencillo?, ¿por qué todo le parecía tan familiar? Abrió sus ojos cuando sintió el vehículo frenar en un semáforo. Todavía no salían del túnel, pero ya estaban a punto, estaba seguro de que las luces dejarían de pasar tan vertiginosamente en tan solo instantes… Y así fue. La noche hizo su aparición con un espectáculo estrellado para Frank. Las luces de Weehawken no le mareaban tanto como las del maldito túnel.


-Iero, reacciona, por amor a Cristo.- le dijo la chica de enorme busto, golpeando suavemente su rostro. Rodó los ojos cuando éste no le respondía, perdido en algún disperso mundo paralelo- No puedes estar tan mal.

El efecto que experimentaba Frank, la verdad, no sabía a qué debía atribuírselo. No comprendía si era la hierba en su pastel, o si algo más habrían puesto en su bebida, o tal vez aquellos medicamentos que ingería para el stress, o el exceso de gente que lo mareaba en el auto, o las sensaciones múltiples que no sabía cómo explicar. Parecía que planeaba, o caía como una pluma desde lo alto de una de las torres de Manhattan. Se sentía cómodo de todas maneras, pero lo que comenzaba a ver con fondo nocturno, le espantaba. No conocía la bohemia de Nueva York, menos iba a saber algo de la ciudad que apenas si recordaba haber pisado.

-Ya- dijo él retornando al mundo de los vivos con una sonrisa satisfecha. Amy depositó un beso casto en los labios de Frank antes de devolverse a la parte trasera del vehículo, aún en movimiento. Todos rieron y bufaron ante el gesto tan poco incitante de la otra muchacha. El cumpleañero se acomodó y sonrió con timidez. Tarde o temprano, sabía que ocurriría de nuevo.

-Bienvenido, muchacho- rió Julie desde atrás, golpeando a su amiga coqueta entre risas de chiquilla de preparatoria.

Catrian dobló para tomar Washington Street y entrar a la zona de Hoboken, New Jersey. Disminuyó la velocidad, con el único fin de investigar qué ocurría en la bohemia, antes de detener el vehículo cerca de su destino final. A Iero le sorprendió ver la cantidad de luces entre pubs, bares, discos y diversos lugares de entretención casi literalmente apilados uno encima de otro, en edificios de varios pisos y de fachadas antiguas, que no pegaban en diseño para nada con la locura y distorsión que se veía. La música, los ebrios en la calle, las prostitutas, los traficantes, todo parecía algo excesivo en el lugar, pero de lo más común y corriente.

-Tú si sabes dónde venir a meterte, ¿eh? – dijo George golpeando el hombro de Catrian desde atrás.

-Si sales de fiesta, tienes que salir a pasarlo en grande-rió Vance disfrutando de la visión que le daba su posición privilegiada en la ventana. Cuerpos de muchachas mayores que se exhibían con ropa ligera, maquillaje brillante y carteras en las que sólo cabían condones y un teléfono.

-Hoboken, muchachos- anunció Catrian, aparcando el auto en un costado, junto a un árbol.- Por esta noche, nuestra perdición.

Por supuesto, el lugar era lo que Frank menos esperaba… o siquiera se imaginaba. Entre tantas luces, sonidos y gente, se sorprendió de hallarse en un estado tan relajante, tan complaciente para con los demás. No había pianos sonando en ninguna parte, ni Chopin, ni Mozart, ni Paganini. Las voces de su cabeza estaban en silencio, entre todo ese ruido infernal al que Catrian llamaba música. Música quizá, pero no la música que él conocía. Música que sólo el oído no entrenado gozaba, a excepción de su extravagante amigo.

-No puedo creer que esto es lo que te guste, Catrian- dijo con una sonrisa boba.- De verdad… ¿qué tiene esto de musical?

-Ya lo verás, Iero- le respondió el muchacho entre risas.- Vamos… ése es nuestro antro esta noche.

Observó el brazo del chico en su extensión, y recorrió con la mirada toda la playera de mangas largas ajustadas a esa extremidad, hasta llegar al borde, que limitaba con esa piel mortecina a causa de las luces. Observó su muñeca con detención y luego se concentró en esa mano fina, que sabía tan ágil como la propia para tocar el oboe, y finalmente en sus dedos largos y un tanto aplastados que le indicaban el lugar al cual ingresarían esa noche.

-Excelente, pero no me da buena espina, Catrian- dijo Amy aferrándose al brazo de Frank- No parece haber música, ni nada… Estamos rodeados de excelentes fiestas, podemos escoger entre locales mejores.

Frank vio el brazo del chico caer con la intervención de su amiga y recién alcanzó a focalizarse en lo que señalaba su amigo. Se sintió ido, perdido entre los cientos de sonidos que se juntaban en la calle y colapsaban sus oídos. No esperó respuesta de nadie mientras sus ojos verde esmeralda se posaban en el local de fachada de madera y vidrios, los cuales no permitían ver su interior. Se veía pequeño comparado con el resto de los edificios del extenso camino, que contaban con varios pisos de iluminación, y se sorprendió incluso hasta con el nombre que recitaba en un ajustado cartel negro de letras amarillas: “Whiskey Bar”. Definitivamente no era un local americano, es más, arrancaba de todos los parámetros estrafalarios de la gran avenida bohemia.
Se figuró allí, un ambiente exclusivo, una barra, un escenario y claro que no se alejaba mucho de eso. No tardó en aceptar la invitación de Catrian para cruzar e instalarse allí.

-Separémonos- sugirió intentando dilucidar lo que le esperaba allí dentro- Yo quiero entrar a ese lugar- expresó encogiéndose de hombros- si ustedes prefieren ir a otra parte, podemos juntarnos más tarde…

-Pero Frankie, todos vinimos a celebrar tu cumpleaños. Eres el festejado, no te vamos a dejar solo…

-Yo no creo que sea tan mala idea- concluyó Julie, apartándose con George- A mí tampoco me gustaría entrar allí. Además es extranjero, ¿qué diversión tienen los extranjeros en América…?

-Averígüenlo- desafió el chico de negro- Frank y yo nos vamos allí dentro.

-Yo también voy- se apuntó Amy. El chico de la camisa a cuadros rodó los ojos con una sonrisa y por un instante, todos comprendieron su hastío. Incluso aunque fuera su amigo, la muchacha era muy insistente.

Se separaron y cada quién escogió su destino. Frank, Catrian y la exuberante Amy ingresaron por la estrecha puerta con destino a su perdición.


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