Fue una madrugada, antes del alba. Aún no sé cómo ocurrió, pero sucedió y tuve que huir.
Tuve mucha más suerte que otros.
Oí un ruido… bombas, alertas de ambulancia, policías en las calles. Parecía una gran fiesta, la ciudad estaba iluminada con balizas rojas y azules, las sirenas eran la música que le daba vida a la ciudad. Creí que la gente celebraba algo especial, más no podía alejarme más de la realidad. Sonidos de balas por todos lados, mamá y papá revolviendo la casa en busca de armas y yo refugiada en mi habitación intentando aislar la algarabía del exterior y oculta bajo mi cama, evitando los tiros perdidos que se colaban por mi ventana.
Sabía que tarde o temprano llegaría ese día, aunque jamás pensé que fuese cuando apenas tenía 17 años.
Un extraño virus hacía ya un par de años había contaminado la costa Este del país. La gente moría de altísimas fiebres, de absurdas enfermedades que parecían inconcebibles en mi realidad todavía inocente, alejada de los peligros de madurar y salir de la ciudad en busca de oportunidades. La sepultura de los muertos se hacía en fosas comunes que luego eran cubiertas con tierras especiales, llenas de ácido para no propagar más el virus. En todo el mundo se buscaba una cura, aunque yo no entendía para qué.
Un día, como en aquellas películas de terror que consumía en cantidades, los muertos se levantaron hambrientos, dispuestos a huir de su aislamiento y con ganas de cobrar venganza de aquellos que los habían condenado para siempre a vivir en tumbas deplorables. Escarbaron la tierra, fueron dañados por los ácidos, pero en ellos continuaba vivo algo que no se podía explicar. Todos estaban hambrientos… ¿hambrientos de qué? Hasta donde yo comprendía, sólo de más muerte.
Fue un impacto tremendo el ver las calles de mi ciudad bañadas en sangre, con cientos de cadáveres esparcidos por los lados que yo visitaba a menudo rumbo a la escuela, o a algún escondite con mis amigas. Los Anderson, los Phillips y los Dharvinder, todos muertos y con los sesos repartidos en las aceras de sus casas. Los automóviles estrellados, las sirenas resonando sin algún conductor en los vehículos y los muertos caminando, intentando comunicarse en un lenguaje precario en el que no existían palabras, sino más bien señas sin organización, cada uno con un código distinto.
Ellos no me podían oler. Mamá, papá y yo estábamos cubiertos de su mismo aroma a muerte, llenos de sangre, salpicados por partes de piel que habíamos tomado prestadas de los cadáveres más putrefactos con el único fin de ocultar nuestro olor humano que les atraía a todas partes. Aquellos muertos vivientes buscaban atacar a más víctimas, pero ya casi nadie quedaba. Muchos huyeron con las alertas tempranas. Nosotros apenas al amanecer encendimos el vehículo que nos alejaría de la nueva zona afectada.
Como dije, tenía 17 años cuando ellos atacaron. Ahora tengo 21... Mis padres fueron infectados cuando nos alejábamos de una nueva zona plagada de muertos hacía dos años. Mamá murió de fiebre y despertó sin dejarme tiempo para llorarle, antes de morder a papá. Fui yo misma quien les disparó entre las cejas, para darles el descanso que merecían.
Ahora las cosas van de mal en peor. El 70% del país es zona declarada roja por las autoridades militares. El 28% restante es zona de riesgo, mientras que apenas el dos por ciento de la nación es un lugar seguro para dormir, aunque sea una noche.
Muchos emigraron a las islas y a la zona sur del continente. Otros abordaron barcos que jamás llegaron a su destino. En Asia, ninguno de nosotros era bienvenido y aquellos intrépidos que lograban cruzar las fronteras eran rápidamente llevados a una cámara de ejecución y tras volarles las cabezas, eran arrojados al mar como alimento de tiburones. Todavía tiemblo de ira y pavor cuando observo los comunicados extranjeros en idiomas que poco se entienden, pero que nos deja en claro que ya no somos bienvenidos en ninguna parte.
El país completo se cae a pedazos. La economía es algo que hace mucho dejó de existir. El alimento escasea y finalmente todo se transformó en una jungla en la cual sólo el más hábil sobrevive: Comes o eres comido. Hay muchas muertes en vano también. Yo misma he sido testigo y ejecutora de varios homicidios por comida, por un piso en algún edificio sólo una noche para estar a salvo de ellos. Algunos pocos merodean por el lugar, pero solos son inofensivos.
Con sinceridad, no sé por qué estoy escribiendo estas memorias. Quizá en unos años más si es que todo esto acaba, podré leerlas y conservarlas como un viejo mal recuerdo, una pesadilla. Tal vez exista una solución, quizá alguien haya encontrado una cura y el arreglo a todo esto no sea cerrarnos las fronteras ni ejecutarnos. En la zona sur, creen que estamos malditos por abusar del poder y del avance tecnológico. Por creer que las guerras futuras serían en base a enfermedades y plagas, por jugar a ser dioses y explotar sus pequeños universos, que ahora son nuestra única esperanza.
A ratos pienso que como sociedad lo merecemos… pero también, con cierta cuota de egoísmo, me pregunto por qué me tocó a mí y no a los verdaderos culpables.
No comments:
Post a Comment