Son las diez de la noche y la ciudad está muerta. Son pocos los locales que están abiertos después de las nueve en este pueblo de mierda, fuera de unos After Office caros con tragos de colores y el mítico Kaliffa, nada interesante. Las prostitutas de la plaza de armas ya empiezan a acomodarse en sus esquinas y, a lo lejos, veo a Antonio avanzar con ese cuerpo estupendo de tetas y culo postizo, la peluca rubia que le llega por debajo de los hombros y su enterito escotado de color blanco. Parece mujer, una mujer guapa y osada, aunque todos sabemos el secreto que se guarda entre las piernas y que le cuelga extrañamente por la minifalda cuando ofrece sus "rebajas especiales".
Este 14 de febrero tengo una botella de vodka escondida en la chaqueta de cuero y una cajetilla de Philip Morris corriente en un bolsillo. Estoy sentada en el túnel entre el correo y la biblioteca municipal, justo donde el sábado se juntan los pasturri a fumar y donde, generalmente los viernes en la noche, mis amigos y yo armamos batallas contra los pseudonazis que hacen sus barridas de travestis y se cagan a los punketas que vienen a hacer escena al centro. Aquí es oscuro y poca gente se atreve a transitar entre las vitrinas que siempre están cerradas, no sé por qué. Algunas noches en Copiapó son violentas y repletas de vicios. Otras, como la de hoy, son especialmente frías y solitarias.
Nunca me ha gustado esta celebración, es para maricones y huevonas inseguras que lloriquean porque el la mina de al lado tienen un peluche más grande que el que les dieron a ellas. Mis viejos están separados, pero en esta fecha se juntan y se van a un motel para recordar los viejos tiempos. Los dos están solteros y una "cachita loca" como dice mi viejo, no le hace mal a nadie. Vivo con él y desde que tengo uso de razón se ha dedicado a cagarme la cabeza con sus comentarios desubicados sobre sexo, las minas que se folla, tetas, culos y labios. No sé de cuáles. Mi papá es la excepción a la regla de todos los viejos del mundo... Soy su amiga más que su hija, y hasta me da plata para carretear y me pasa condones que terminan inflados en alguna tocata. Jamás confíes en los preservativos que no consigues tú mismo... Me lo enseñó él.
Tengo un hermano que también debe estar celebrando en la casa de la vieja con su polola vegan-defensora-de-derechos-humanos-animales-cara-de-huevona-pseudo-hardcore-punk-metalera. A veces la veo con los punketas que se agarran los fines de semana, pero no hablo con ella ni ella habla conmigo. Parece que me odia porque mi pololo es su ex.
...Y así con mi pololo. Tampoco me libro de la huevadita esa, sin embargo él y yo odiamos la etiqueta y odiamos esta celebración, así que decidimos que, bajo cualquier circunstancia, hoy no es un día especial que arranque en lo absoluto de cualquier otro. No me importa mucho lo que él haga, porque quizás esté jugando play o cuidando al Alexander, su hermano chico, y yo sé que a él tampoco le importa lo que yo haga, porque sabe que de todos modos llegaré a su casa borracha y me dormiré encima de la cama, mientras me hace cariño en la cabeza.
Bueno, de alguna forma tiene que empezar esta noche, y qué mejor que hacerlo con un buen trago. Saco la botella de la chaqueta, tengo un vodka PL que me costó dos lucas en la Control y el primer trago sabe a una mezcla tóxica que quema mi garganta y desciende brutalmente a mi estómago, cauterizando con parsimonia cada rincón de mi sistema digestivo. No es que esté acostumbrada a los tragos pituquitos que llevan limóm y cosas por el estilo, pero esta mierda supera incluso al ron en bolsita de la Señora Betty. No, mentira, nunca tanto. Es gracioso, no hay pacos, la comisaría está a una cuadra y todo me parece irregularmente tranquilo mientras me dejo envolver por el alcohol del segundo y el tercer trago que saben menos amargos, y un sentimiento que me es familiar aparece... una sensación seductora de soledad y miseria que a ratos me enlista en sus filas de guerra contra la vida.
Una pareja pasa justo frente a mi escondite y no me ve. Tampoco me exhibo, la idea es gozar hasta que se acabe el licor o hasta que me dominen los pensamientos autodestructivos y, haciendo uso de mi último aliento de conciencia, me devuelva a la casa. ¿Suena a que lo he hecho antes? Bueno, sí, pero no en pleno centro. No sé qué quiero en realidad, pero río, porque todavía estoy muy sobria para filosofar sobre aquello.
Bebo otro trago y tras ello, saco un cigarro. Había dejado de fumar un tiempo, pero como dice el Max, mi pololo: Los vicios son más fuertes y te ganan la lucha, aunque no quieras, porque una vez te sumerges en ellos, por más que lo intentes, sus cadenas no te dejan salir. Aunque sus vicios son menos nocivos, creo, pero le gusta filosofar y hacerse el interesante conmigo, aunque su cabeza siempre esté sumergida en Assasins Creed. Me gusta más por eso, supongo. En fin, un trago más no le hace mal a nadie, ¿cierto? Todavía es temprano pero ya comienza a helar. El frío desértico es una de las peores mierdas que pueden existir en el mundo. Esa sensación de estar congelándote por dentro es destructiva, así que acemos la botella otra vez y hagamos un brindis por Atacama, mientras pienso qué será de ese huevón pianista que me gustó tanto tiempo en el colegio. Ja, vida culeada.
Las luces del pseudo-mall, el Plaza Real, pasan toda la noche prendidas. Tiene adornos de corazones y huevadas por el estilo que están colgando de esas viejas lámparas que parecen tetes de guagua gigante. Son horribles, me imagino a la guagua gigante que los chupó alguna vez y me da asco, más asco que el trago que me acabo de tomar y sabe a colonia Amén. A veces me dan ganas de agarrarlos a piedrazos, pero hay que ser muy estúpido para ir a pararse frente a todas esas cámaras a hacer un show... Aunque el Max comparte mi deseo, yo sé porque me sonríe cuando pasamos por ahí y nos burlamos de los jarcoritos que se ponen a escuchar Alesana en sus Nokia 5200.
Puta el Max... Igual me dan ganas de llamarlo y decirle que lo echo de menos conmigo. Hace mal mirar a los pendejos skater pololeando en la plaza, ellos y sus gorritos de lana puntiagudos, sus patinetas caras en las que lo único que saben hacer es sacarse la cresta, sus cigarros Belmont Light de 10... Pero a lo mejor hace más mal seguir tomándome el líquido transparente de esta botella. Estoy segura de que alguien me va a pillar y me van a llevar presa por consumo de alcohol en la vía pública, por disturbios, por ocupación de un lugar que pertenece al muy respetado Gobierno Regional. Chucha, a lo mejor hasta me destierran de este pueblucho y me tengo que ir a cualquier lugar por lo menos a 100 kilómetros de distanciam a lo peor me mandan a vivir con mis tíos en La Serena y en esa casa me robaría todas las plantas de mi tío, me volvería traficante y tendría que dejar al Max. ¿Y qué le digo? "Oye maricón, me echaron por tomar al lado de la intendencia". No, mejor "Ahueona'o, vámonos o te dejo". Sería más convincente, mucho más convincente que la puta que trata de enganchar a un cliente en la calle del frente, mucho más convincente que mi paranoia injustificada por culpa del... ¿En qué sorbo voy?
No importa, tengo una nueva distracción. Jamás me había parecido tan interesante ver cómo se queman mis dedos por culpa del filtro del cigarro. Es un dolor que no duele, es uno de esos que se disfruta de manera culpable, que se admira con una extraña curiosidad, la que de seguro mató al gato siete veces. El olor de la carne quemada no me parece desagradable, es más, hasta me da un poco de risa ver cómo se van haciendo pequeñas birbujitas cerca de mis nudillos, que estallan segundos antes de ponerse negras como la más pura de las noches en esta región. El filtro naranjado también brilla, como las estrellas que desde aquí con tanta contaminación lumínica no se pueden ver. Así conocí al Max, en una noche de estrellas. Mierda, Max, sale de mi cabeza este 14 de febrero.
Saco otro cigarro, no me doy cuenta y ya se me fueron por lo menos cinco de esta cajetilla de 20. Mi botella está medio llena, así que hay que ser positivo y seguir pensando así. Tpdavía queda noche y todavía no estoy ebria. Bueno, no tan ebria. Al frente parece que la acción va a comenzar. Un cabrito joven va con el papá y se acerca a la Cristal, una de las putas que se quedó sin pega cuando cerraron el Night Club de O'Higgins casi con Salas. ¿Qué hora es? ¿No es muy tarde para que un pendex ande en la calle por aquí? Ah, pero ya sé: Es probable que el pendejito esté cumpliendo los 15 y todavía tenga el paquete peludo y con olor a leche de mamá, así que el papi le va a hacer el favor con la prosti más connotada de la III región. Es rica la huevona, pero es puta. Pero es rica. Puta, por lo menos es mujer. Parece tradición aquí que cuando los pendejos de 15 no le han visto el ojo a la papa pasen por las manos de estas chiquillas, supongo que hacen bien la pega.
En efecto, la hacen bien, pero no son disimuladas. El papá camina un poco, se aleja de donde están ellos y la tonta lesa agarra al pobre pendejo que de seguro está temblando, de emoción, de caliente, de miedo, o quizás de una mezcla de todas juntas, y lo pone contra uno de los pimientos más antiguos de la plaza, frente a mí, frente a mi túnel y frente a la huevada de turismo que bloquea un poco mi visión. Ya no veo al pendejo, la botella redonda que me estoy empinando incluso me bloquea la cara de la Cristal, pero apenas la bajo me enfrento al panorama más desagradable de la noche. Ella se arrodilló, le está desabrochando el pantalón al cabro chico, le está pasando la lengua por el pico y el huevón cierra los ojos. Pobre cabro. ¡Oye, viejo maricón! Enséñale a tu hijo a correrse una paja solo, hijo de puta. Obviamente no lo digo, aunque en mi cabeza resuenan esas palabras como gritos estruendosos que llaman a pacos, personas, a los perros y hasta a los guarenes que caen de esos mismos árboles con olor a pimiento y a meado de borrachito. Un sorbo más y aparto la mirada. Me da pena el niñito.
Vuelvo a empinar la botella. Ahora el líquido transparente no me sabe a nada más que a rencores, la separación de mis viejos, la vieja culeada que me echó del colegio por rayarle el auto con una moneda de cien pesos, la misma que me mandó a suspender por tomarme una Lemon Stone en la sala de clases para el día del alumno. Pero esas cosas son las más chicas, el verdadero odio y rencor que se aloja dentro de mí yace en un espacio aún más oscuro, está rugiendo, pero casi no lo dejo salir. Es malo para mi salud, dice el Max, pero para él todo es malo para la salud, excepto el playstation y las papas fritas que hace su vieja para que él y su hermano se queden tranquilos cuando sale a cubrir el turno de noche en el hospital. Una vez me encontré con ella, llevamos de urgencia a un amigo que apuñalaron en este mismo túnel. Tres estocadas. Le perforaron un pulmón y el huevón iba apenas... El Max se quedó afuera de la posta, yo entré llena de sangre y la vieja creyó que me había pasado algo, o peor, que le había pasado algo a su angelito. Maricón el huevón, pero lo entiendo. Yo trato de que mi vieja no me vea, porque no soy la princesa que ella quería que fuera. Puta, no uso faldas, no uso tacos, no me pinto el hocico con glitter y camino con las puntas de los pies hacia afuera. La diadema se me cayó hace rato, mami, perdóname.
Parece que ahora el vaso está medio vacío. No sé dónde chucha metí tanto copete, la puta del frente no está, el Arábicoy el Ondero ya están cerrados y a mi cajetilla le quedan menos de 10 puchos. Sad but true, diría el Cazador. Ya no es 14 de febrero, asíq eu podría llamar al Max para que me cuente un cuento y dormir en ese lugar frío y solitario, como las noches en las que no puedo volver a casa porque mi papá lleva a sus putas. Cuando eso pasa me voy al cerro, ahí me tomo unas chelas y me tiro sobre las piedras a pensar y a mirar las estrellas de colores, que se me dan vuelta más seguido de lo que me gusta admitir. Uno de esos días apareció el Max. Estaba sobrio y se encontró conmigo. Nos habíamos visto antes en algún carrete, pero no nos hablábamos, yo era tímida en la medida en que ese adjetivo aplica a mi personalidad, él también, supongo. O él estaba pololeando y yo también, entonces no había razón para conversar. Tampoco lo hicimos esa vez, él solo se acostó a mi lado y se quedó conmigo toda la noche, en ese silencio que es el único que guardo con cariño. Beso la botella otra vez.
Me quedan dos cigarros y apenas alcanzo a enfocar bien dónde cresta metí mi encendedor. La noche murió hace unas horas, ya no hay nadie y no hay nada más que me pueda ofrecer un panorama digno para recrear la vista. A ratos, por Los Carrera pasan autos con luces de neón. A veces los pacos, pero no me ven a la distancia, no me ven porque no quiero que me vean y escogí la oscuridad como mi refugio. Muchas cosas en mi alma, otras tantas en mi cabeza, pero la idea que tengo más presente ahora es la de ese estúpido que debe estar jugando play todavía, el estúpido que se atreve a decirme "te quiero", el estúpido que me está llamando a esta hora y que hace sonar Sextape en mi precario celular.
La música me transporta mientras me tomo el último concho de la botella, a un día en la playa. Estábamos en las rocas, él y yo, mirando el amanecer cagados de frío. Me abrazó porque yo temblaba, me dijo que me quería, me dijo muchas cosas pero estaba pensando en Sextape, en Deftones, en comérmelo a besos y dejarme arrastrar por las olas. No me importaba nada excepto él y ese instante... Y la música para. Marco de vuelta.
-¿Dani?
-La mismísima salida del infierno.- Respondo. Trato de enfocar bien las cortinas que tapan la vitrina frente a mí, trato de pararme, pero es inútil. Mi esfuerzo se reduce a estirar la pierna izquierda y noto el cosquilleo que me anuncia que recién está despertando y la sangre debe correr por ahí nuevamente. Todavía me quedan unos minutos para qe despierte la otra también.
-¿Esta'i en tu casa?
-Nope.
-¿Esta'i sola?
-Sípi. - De mi boca no salen más que monosílabos patéticos. Trato de ocultar mi borrachera, pero es obvia. Él me conoce, sabe que me pongo así. Tengo la boca seca y no me queda más vodka, tengo dos cigarros todavía, yo juro que me fumé uno antes de todo esto.
Logro ponerme de pie mientras él me habla de la partida que jugó recién, de que tiene unas cervezas en el refrigerador y que es temprano todavía. Eso sugiere que me vaya a su casa, yo sonrío. Siempre estuvo dentro de mis planes. Camino tambaléandome y me paseo por las calles de Copiapó saltándome todos los semáforos rojos. El monito verde no funciona, pienso, pero es una mentira. Dejo de escuchar el teléfono, ahora el mareo me ataca violentamente y las ratas gordas y peludas de la plaza me saludan saltando de sus escondites en los árboles. Me río, él se ríe conmigo. Su risa parece que me da la fuerza para caminar solo unas calles más y tomar un colectivo. Corto. Lo p´roximo que sé es que estoy en la plaza de Magisterio y me tambaleo hacia la cuarta casa de la derecha si vas subiendo. Después de mirar a mi alrededor para reconocer la ubicación y avanzar unos pasos, lo veo en la puerta con una sonrisa.
-Esta'i curá'.
-Un poquito.
-Te costó como cinco minutos llegar a la puerta, Dani...
-Puta, no me retí'.- hago un puchero, o eso pretendo, hace horas que no siento los labios- Fue una noche intensa.
-¿En este pueblucho?
Río, él me ayuda a entrar. No sé cómo subo la escalera tras él, me toma la mano, me ayuda a sacarme las zapatillas y me mete a la cama. Lo miro, mis ojos chocan con los suyos y estoy perdida.
-Oye- alcanzo a decir antes de sentir su peso hundir el colchón a mi lado- ¿Lo pasaste bien?
-Jugué Play.
-¿Entrete?
él ríe, apaga la lámpara de su velador y me abraza.
-Duérmete, desastre.
-Pero dime...
Cierro los ojos y todo se da vueltas. Me gusta ese perfume que usa, me gusta me que esté abrazando y que me haga cariño en el pelo.
-Ya duérmete, oh.
-Ya...
Es lo último que puedo decir. La escena se me repite y da vueltas en la oscuridad y con los ojos cerrados. Siento que sus labios se apoyan en mi mejilla y que allí deposita un beso cálido de buenas noches. En mis últimos segundos de lucidez etílica alcanzo a escuchar una frase que me tranquiliza, aunque no sé si es producto de mi imaginación. Me apoyo en su hombro y al fin estoy en casa.
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