Tomo un libro, lo abro, lo cierro de
golpe. Tomo otro y repito la acción, así hasta completar una fila completa de
mi estante. No es ninguno el que estoy buscando.
Me paseo por la casa desesperada. El vacío
y el silencio chocan contra los muebles y me azotan como si de balas se
tratase, como si intentaran asesinarme a quemarropa, como si…
Vuelvo a escribir. Empuño el lápiz pero
la sangre no fluye. Oigo el palpitar agitado de mi corazón, pero las
articulaciones se me entumen, los pies, las manos, la tinta sale, destruye la
página, la envuelve de un frío azul. Arranco la página y me la como, como a mis
letras, las odio y las vomito.
Escupo sangre mezclada con alquitrán, el
aliento a tabaco y las manos amarillas, el pulgar gastado, una horrible costra
dura en mi anular. Tengo frío, estoy sudando. La Muerte próxima me saluda por
el balcón… la llamo, la invito a un café, me pregunta por algo más fuerte, pero
no tengo. “Lo he bebido todo”, digo disculpándome. Una copa de vino agrio se
pudre en la cocina, se mezcla con la borra del café y las cenizas de los cientos
de cigarros que me he fumado en apenas una semana de miseria.
“No estés triste”, me susurra, “no lo
estoy”, respondo, “es eso, no estoy”. Acaricia mi mejilla y esta se pudre, mi
rostro se deforma y se descompone a la velocidad del sonido. Sonríe y me
pregunta si tengo miedo. No, no lo tengo. Estoy lista.
Camino mientras me hago cenizas, humo. Me
ahogo en la taza del café ya helado, me sumerjo en la profunda amargura de su
sabor. Bebo, bebo hasta ser libre, La Muerte a mi lado canta una melodía triste
que me parece extrañamente familiar. Ella sonríe y me dice que todavía no es mi
turno, me tranquilizo y prometo aguardar su visita. “Ten whisky para entonces”,
me dice coqueta. Sonrío antes de asentir y dejarla ir.
Siete pisos más abajo, la ambulancia
tiene sus luces prendidas. El azul y el rojo se mezclan en las paredes del
estacionamiento y se pierden iluminando mis ventanas. Observo la camilla, allí
va La Muerte de la mano de la anciana del piso 15. Saludo, pero ella ya no me
observa. Tiene otro espíritu que consolar.
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