Cap. II - The Dope Show

Domingo 31 de Octubre, 1999.

No podía creer que fuera cierto. Hasta se echó a reír a carcajadas cuando vio a sus compañeros de clase en la puerta de su casa, con un pastel en forma de… ¿piano? ¡Era un piano! Y todos ellos iban con gorros de cumpleaños infantiles, esas ruidosas cornetas de fiesta, bolsas con chucherías para armar una fiesta que él jamás había pedido. Eran las 10 de la noche casi y los seis chicos que se apretaban entre ellos para ver su rostro, entonaron A Viva Voce una canción que casi no recordaba.

“Cumpleaños feliz,
Cumpleaños feliz,
Cumpleaños, querido Frankie…
Cumpleaños feliz”


“Querido Frankie”… Supo que en aquella frase no había mucho de cierto, pero por dentro agradeció el gesto, la iniciativa y el piano de crema y chocolate.

-¡Por dios, chicos, son muchas velas!- rió cuando le acercaron el pastel. Las pequeñas estacas con fuego eran blancas y negras. Se preguntó de dónde habían sacado todo eso, aunque no se permitió mucho para darle vueltas al asunto, porque sus ideas fueron interrumpidas por Amy, la chica castaña de ojos azules y figura exuberante e imponente ante el resto de las intérpretes que conocía.

-Son tres deseos, Frank.- le dijo con coquetería, acortando la distancia entre sus cuerpos. La violinista tenía esa horrible fama, al cumpleañero le constaba, pero no le interesaba en lo absoluto. Su perfecto cuerpo era una guitarra, llena de curvas y que, probablemente emitía sonidos inigualables, como con el violín. Pero no existía nada en el mundo que reemplazara la sutileza, lo sencillo y complejo de su instrumento. Ni los labios rojos que se apostaron sobre su mejilla derecha en un saludo, ni el escote de esa blusa blanca, ni la mirada de Femme Fatale resultaron más que la caricia muerta a la que no estaba acostumbrado. Apenas si rozó con su mano a la chica para apartarla.

-Tú no estás en ellos esta vez, Amy- le dijo sonriendo y volteando hacia el pastel.

Tres deseos… ¿Qué quería?

Primero, deseaba éxito en su presentación, para asegurar la beca de Estudios de Grado en Juilliard School, claro. Eso era algo que, tal vez aún no evaluaba con seriedad. No “pasar esa prueba” significaba poner en riesgo su permanencia en Juilliard y tirar al tacho de la basura sus últimos dos años allí. Frank era un músico prodigioso y competía duro para mantenerse en los talentos destacados del lugar… No quería perder ese pequeño prestigio que se había ganado, únicamente por fallar en el examen por unas tontas figuras rápidas. Además no seguir allí era inconcebible. No, Frank no veía su vida fuera del conservatorio. Frank no tenía una vida, si no era en el conservatorio, junto a sus académicos, junto a su instrumento y a su amada música.

Aparte de ello, ¿Qué más podía desear? Hacía tiempo que ya no tenía deseos intensos, que no fueran relacionados con ella. En realidad sólo eso quería. Música, música… Mucha más música. Tal vez poder ponerle más horas a un día para dedicarse de lleno a sus compositores clásicos favoritos, tal vez quitarle años al piano, tal vez éxito, dinero, salud, todas las cosas que el resto del mundo pedía.

Su segundo deseo fue música.

El tercero lo disfrutó entre ilusiones de luces, aplausos y las felicitaciones del público ante su interpretación.

Tras un soplido, 18 llamas de vela se extinguieron todas a la vez. Los presentes aplaudieron, todos se dedicaban a la interpretación de instrumentos de viento, a excepción de Amy y Julie, la chica de anteojos que llevaba a cuestas su Violoncello. Le aplaudieron y por instantes, su cuerpo se materializó frente a un público espectacular, las luces le enfocaban, las flores caían sobre el escenario, la gente le ovacionaba y, en plenitud, el hacía una sutil reverencia agradeciéndoles el apoyo, observando el piano de cola Bösendorfer de 1894 con una triste sonrisa.

-¡Felicidades!

Amigos y conocidos lo tomaron desprevenido arrancándolo de su ensoñación, lo sacaron del umbral por sus extremidades y contaron dieciocho veces, elevándolo en el aire hasta que sintió nauseas y su imaginación se concentró en mantener los parpados apretados para detener el mareo. Aún así, no podía creer que eso estuviera pasando mientras volaba en el aire a la cuenta de trece. Tal vez no se había dado cuenta de que, tras la competencia en su casa de estudios, existían seres humanos, personas que le apreciaban, con sus virtudes musicales y sus defectos de personalidad. La sensación que experimentó le hinchó el pecho de orgullo y felicidad. Finalmente cuando lo dejaron en el suelo y lo sostuvieron para que no perdiera el equilibrio, sopló los cabellos que le caían en el rostro, cubriéndolo.

-Muchas gracias, chicos- rió apenas, respirando agitado y cansado de tanto ajetreo al que no estaba acostumbrado.

-Dios, Frank, ¡eres más liviano que una pluma!- Comentó Avery, ese chico rubio que se dedicaba a la dirección orquestal. El chico de ojos verde hiel sólo le dedicó una sonrisa. No consideraba que eso fuera algo interesante de discutir. Se produjo un silencio incómodo que apenas duró un segundo, hasta que Amy se encargó de ello.

-¿No nos haces pasar, guapo?- dijo tomándole el brazo y poniendo su cabeza en el hombro del muchacho, para dirigirle directamente esos ojos azules. Frank la observó y al resto de sus amigos.

-lo siento, qué descortés- dijo, casi con una cuota de cinismo. Se arrepintió de ello e instantáneamente, la amabilidad y simpatía se apoderaron de su rostro y acciones, olvidando la frialdad y dejando atrás su parte ermitaña- adelante… siéntanse como en su casa.

Por primera vez Frank se dio cuenta del desastre que tenía alrededor de su piano.

Probablemente eso era lo que más destacaba en toda la sala, porque era lo único que en apariencia tenía un uso constante. El televisor estaba empolvado, con su respectivo control a un lado impecablemente ordenado y bajo él, un equipo de música rodeado de discos clásicos, intérpretes reconocidos y otros no tanto, pianistas, conciertos orquestales, corales, melodías doctas por doquier. Había cintas grabadas también, apilados en sus respectivas cajas de cassette con títulos en alemán y francés, extraños e irreconocibles para el resto de los músicos que apenas ingresaban al lugar. La biblioteca, por ambos lados de la caja idiota, era de música. Métodos musicales, libros teóricos, historia de ella organizada en años, épocas y géneros. Había un rincón de literatura de horror con King y Poe reinando en un extravagante orden, otras cosas empolvadas, algunas revistas y tomos de cosas que probablemente le interesaran a sus padres, más que al mismo dueño del hogar.

-Pueden tomar asiento…-musitó dirigiendo sus ojos al piano abierto. Observó las partituras tiradas y apiladas cerca del instrumento y descubrió que había derramado su taza de café sobre la alfombra y las hojas con extraños símbolos.

-Hey Frankie, pero quédate con nosotros… -Dijo Amy.

-Amy, Julie, Avery, Vance, George y Catrian- los enumeró recorriéndolos con su mirada. Sonrió y se acercó a la chica que aún no lo dejaba tranquilo- pónganse cómodos, llevaré eso a la cocina y serviré unos platos.-dijo señalando el pastel.

-¿quieres que te ayude?-dijo la chica acercándose aún más al rostro del muchacho. Frank volteó la cabeza y se acercó lo suficiente para que la distancia fuera peligrosa. Esbozó una sonrisa, fijando la mirada verde en los coquetos ojos.

-No.

Se alejó, encaminándose a la cocina. Sus compañeros guardaron silencio sin comprender muy bien la situación, más lo dejaron. Su casa, sus reglas. Ahora, si el extraño tipo llegaba con un cuchillo a descuartizarlos, por lo menos sabían por donde correr a la salida.

-Nos enteramos de tu cumpleaños en Juilliard- oyó a lo lejos en la voz del rubio, Avery.- Quisimos darte esta sorpresa porque… pensamos que sería divertido que te distrajeras un poco antes de tu presentación.

-Gracias- dijo desde la cocina, en voz poco más fuerte que la de costumbre, para que los chicos alcanzaran a oírlo. Revisó en la alacena para ver si le quedaba algo de té de hierbas y más café, enseguida puso algo de agua a hervir, para convidar a los chicos. El pastel con sus velas se veía tan hermoso, que se lamentó de no tener una cámara fotográfica para retratar el momento, antes de destruirlo.

-Creímos que te agradaría que viniéramos a saludarte.-reconoció la voz del oboe Catrian. Él le llamaba la atención, con su misterio y sus pocas palabras, ácidas muchas veces, otras, cargadas de un mensaje implícito que incomodaba a la mayoría.

-Es Halloween- acotó Julie- Hay una fiesta de máscaras en Juilliard, tal vez sería interesante que fueramos, ya sabes, a pasar el rato y…

-tengo que ensayar- se excusó rápidamente, sacando unos platillos, tazas, cucharas, tenedores y una bandeja. Se rascó la cabeza, pensando en lo que podría faltarle. Servilletas. Eso. Si tenía suerte, los chicos se irían antes de media noche.

-¿Cuánto has ensayado ya, Iero?-Le alcanzó Vance- ¿siquiera te has bañado? Éste piano parece que fuera tu refugio, mira qué desastre…

Frank se asomó con una sonrisa, y todo apilado en una bandeja, mientras observaba a sus compañeros recorrer con la mirada la estancia, un poco incómodos. Dejó todo en la mesa de centro y se acercó al piano. Terminó por apoyarse en el borde, aún con esa sonrisa traviesamente malvada coqueteando en los labios partidos y enrojecidos por el daño. ¿Cuánto se había mordido por las noches, evitando los gritos por sus horrores? Tal vez debía dejar esa manía.

-Creo que no lo suficiente- respondió y en un segundo les dio la espalda para tocar algunas teclas- aún no me siento seguro. Dvořák me está trayendo más complicaciones de las que debería.

Cerró el piano y cogió algunas de las hojas, las cuales apiló junto al montón que se hallaba en una mesa abarrotada de rincón. Por un segundo se sintió desprotegido y lo volvió a abrir. Sí, las 97 teclas seguían en su lugar.

- Dvořák es un asco como compositor, no puedo creer que teniendo a tantos ¡tantísimos! Excelentes compositores, escogiste a uno que nadie conoce y que ni siquiera te sale bien.- criticó Amy- eres tan buen pianista, Frank, que les cerrarías la boca con el tercer movimiento de “Moonlight” de Beethoven. La has tocado cientos de veces que nadie niega tu calidad como instrumentista. Esto es sólo una formalidad.

-Gracias… -sonrió con timidez- pero sinceramente necesito algo nuevo. Beethoven, Chopin, Rachmaninoff… ustedes conocen mi mano. Es hora de probar algo nuevo.

-Rachmaninoff me gusta.- dijo Julie.

-A mí me gusta The Misfits, ¿sirve?- soltó Catrian- Vamos chicos, vinimos a distraer a este tipo de la música… dudo que lo logremos si seguimos hablándole de ella. Además, ya quiero un trozo de ese pastel.

“Qué clase de compositor es alguien que se hace llamar The Misfits…”

-¡Vamos, lindura!- lo acorraló Amy, rodeando con sus palmas apoyadas sobre la tapa del piano, la cintura- estos labios quieren algo de acción.- susurró.

-¿Si?... Tengo té de hierbas y café, cuál te apetece más…

-Dios, ¡Frank!- se quejó ella, empujándolo- ve a partir el maldito pastel.

Los chicos rieron mientras Frank con un cuchillo se acercó a su pastel, pronto a partirlo. Repartió los platos antes, los tenedores y cada uno de los muchachos se acercó en fila india para recibir un trozo, bastante más deforme de lo que el menudo chico esperaba.

-Vaya, ¡lo siento!- exclamó entre risas cuando le manchó de crema a Julie la mano- no fue mi intención.

-Blah, no es nada que no se pueda solucionar con una servilleta, enano- dijo ella- O…- se lamió el lugar, quitando todo rastro de dulce- …Así. Delicioso.

Sirvió los platos y luego acudió por la infusión para que todos bebieran. Se sentó en el suelo, junto a Amy y comenzaron a discutir el panorama.

-¿Qué harás entonces, Frankie?- consultó Julie- vamos a la fiesta de máscaras, será entretenido…

-Quizá salga a pedir dulces y así me las arreglo para mi ración de azúcar semanal- rió junto con sus compañeros.

-Hay una fiesta electrónica en la Escuela de Artes. No sería malo ir a echar un vistazo, ahora todos somos mayores como para entrar- sugirió Vance- Qué dices Frank… Chicas universitarias, guapas, mucho “punchi punchi”…

-Qué demonios es “punchi punchi”- rió- Maldición, jamás he ido a una fiesta de esa clase. Nunca salgo en Halloween. No me gustan mucho las celebraciones, ni nada por el estilo.

Catrian se ahogó con un pedazo de pastel y le observó impresionado. Sus grandes ojos castaños le enfocaron como si fuera un total fenómeno de la adolescencia.

-Di que estás mintiendo, Frank Iero, no puedes no haber salido jamás.- le reprendió.

-¿cuentan las galas de Juilliard?

-¡Oh por Dios!- exclamaron todos, sorprendidos.

-Okay, pequeño ermitaño, olvídate de que pasarás aquí esta noche. Olvídate siquiera de llegar a dormir, porque no tendrás escapatoria.- le dijo el muchacho- Saldremos, iremos a una tocata que hacen todos los años de horror-punk. ¡No me dirás que no!

-¿Horror-punk?- se escandalizó Amy- yo no me pienso ir a meter a esos antros de mala muerte que visitas, Catrian, olvídalo.

-Hay cerveza...- se encogió de hombros, intentando convencerlos- y otras cosas. Adelante, todos somos grandes, es Halloween… mínimo que pasemos una noche de horror todos juntos, ¿no? Antes de nuestra semana de estreno y evaluación, una noche de distorsión no nos tendría que hacer daño.

“Qué demonios es horror-punk”

-No sé qué es eso- admitió Frank- pero me gustan las cosas de horror.

-¡Te encantará, Iero!

-¡Frank, no!- exclamó la chica del escote- olvídalo, no me iré a meter a un lugar como esos…

-¿No?- dijo el cumpleañero- ¿dónde es, Catrian?

-No te preocupes… - sonrió complacido el chico-punk- Iremos en mi auto.

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