Ella era muy resentida, sí... Solía darse de cabeza contra la pared para evitar explotar, pero había días en los que no aguantaba más, debía salir al balcón y grutar ¡Pendeja! para que se escuchara hasta el otro extremo del continente. Por eso, cuando tenía esa necesidad, sacaba la botella de vodka y le daba un sorbo, qué importaba si eran las 9 de la mañana; encendía un cigarro y miraba el sol naciente entre los cerros, deseando con desesperación que ese resentimiento se acabara con cada bocanada de humo.
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