Era de
noche una vez más. Llovía, las olas rompían con fuerza cruzando la avenida, las
luces titilaban, tenían una vela encendida.
-Así es más romántico- dijo ella con una sonrisa. A él no le gustaba la oscuridad.
La tormenta siempre traía recuerdos reprimidos, escándalos textuales –como el día en que su madre había descubierto relatos homoeróticos en su velador–, noches oculto bajo la cama, orines en la alfombra. Eso ya no existía más que en sus recuerdos, pero ella le sonreía en la penumbra, como su madre.
-Va a estar bien. Ven, leamos un cuento.
Mientras su madre le leía, acariciaba suavemente su pene, hasta que se ponía rígido. Luego lo lamía y él eyaculaba, a veces en su boca, a veces no.
Ella no era
así. Le leía cuentos extraños, ambos estudiaban letras. El de esa noche era de
unos portugueses bajo la lluvia, como la que azotaba el ventanal sin cortinas.
Era un cuento de una noche bajo la lluvia y frente a un muerto.
A veces se preguntaba si estaba muerto.
Ella le recordaba que no.
Entonces, pasaba la lluvia y él y ella hacían el amor para matar el frío.
A veces recuerdo su cuerpo pequeño sobre el mío. Su cuerpo quieto sobre el mío. Su cuerpo gélido… sobre el mío.
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