I



Estábamos condenados.
Esto es todo.
Le hablé en todos los idiomas y le mentí con todas mis sonrisas. Me preparé, jugué sus roles favoritos, dominé mis propios miedos, dejé el alcohol, el tabaco, pero estábamos condenados.
Así son las historias de terror, a veces. La chica siempre grita, el chico intenta salvarla: él muere, ella también.
Todos mueren.
Pero esto no se suponía fuera una historia de terror, no, nunca. Era una historia de amor con un parque frente a la estación del metro, la casa antigua, el mar. Era una historia de amor con ella, con él, con los libros tirados en el piso, con la desnudez pálida que los atrapaba al amanecer frente a esa ventana sin cortinas. Esto era una historia de amor con tus ilusiones y las mías, pero mira en lo que se ha transformado.
Mira.
Este es nuestro monstruo.

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