Ahora sé caminar; no podré aprender nunca más.
-Walter Benjamin.
Muchas veces
he pensado que la vida es como un libro. Como un libro de Alejandro Zambra,
breve, sin muchos detalles y a la vez repleta de ellos. Basta con saber que se
nace y al final se muere. Como dice Zambra, el
resto es literatura.
Es domingo
y cumplo con mi rutina gastada por la soledad: me levanto, preparo un café
mientras leo empeñosamente un libro que creo entender, saco un cigarro de esos
baratos que me permite el presupuesto universitario. Es un cigarro corriente,
marca Hilton, prácticamente la única marca que se podía fumar en dictadura –eso
me lo contó mi abuela, que también fuma-. Ya está casi extinta, pero los pillé
fortuitamente en un negocio de una ciudad que todavía no termino de conocer.
Los compré porque no me gustan las otras marcas, porque no había Philip Morris
y porque desde que empezaron a agregarle más impuesto a los cigarros en un afán
ridículo de que los viciosos como yo dejáramos de suicidarnos con lentitud, los
Marlboro subieron de precio exageradamente. Cuando empecé a fumar no costaban
más de mil quinientos pesos. Ahora se acercan a los tres mil y eso, para una
mantenida, es mucho.
La rutina,
sí, la rutina del domingo. No siempre la cumplo, a veces estoy pasada a alcohol
y me duele la cabeza, otras veces tengo que estudiar. No es el caso, el viernes
salí de vacaciones de verano, o algo así. Aquí el verano es extraño, pareciera
que el invierno boliviano se hubiese trasladado a la V región, los días están
nublados, hace frío, pero es extrañamente reconfortante. La rutina del domingo,
sí: me levanto, preparo un café mientras leo empeñosamente un libro que creo
entender, saco un cigarro de esos baratos que me permite el presupuesto
universitario y salgo al balcón, envuelta en una manta o quizás semidesnuda,
eso depende del domingo. Enciendo el cigarro y me pongo a leer.
Terminé el
libro de Zambra hace poco más de veinte minutos. Lo empecé anoche, o bueno, lo
empecé cerca de las seis de la mañana, cuando todavía no tenía sueño y era muy
temprano para desayunar, pero muy tarde para hacer cualquier otra cosa. Me
dormí cuando llegué a la mitad, por eso cuando desperté, después de tirar unos
párrafos flojos, vacíos de sentimientos propios pero llenos de ajenos, decidí
volver a leer. Cuando era chica, bueno, en mi adolescencia, me sentía especial
porque había leído mucho para mi edad y sabía de todo un poco. Podía hablar de
amor, odio, sexo, poesía, literatura universal, historia, filosofía, economía y
hasta de política. Ahora no. Ahora sé que para mi edad he leído muy poco, pero
sobre todas las cosas –y muy en mi contra- sé que para lo que estudio, he leído nada y
solo basura.
Estudio
Literatura, como Zambra. Licenciatura en Literatura sumado a la pedagogía en
Castellano y Comunicación. El gobierno me becó por mi puntaje en la prueba de
selección universitaria –la vieja Prueba de Aptitud Académica- así que estudio
gratis. Si no fuera así no podría estudiar, no podría sentarme en el balcón del
séptimo piso a contemplar el día nublado, no podría haberme cambiado de carrera
porque lo primero que escogí fue una excusa para irme de la casa, lejos, lo más
lejos posible donde nadie me encontrara nunca. Me arrepiento de haber cambiado
el bosque por la playa, pero uno sigue sus sueños ciegamente. Quizás no sus
sueños, sino sus caprichos.
El balcón,
sí. Me gusta sentarme en el balcón el domingo en la mañana. A veces me pongo a
hacer ejercicios de yoga, medito en el frío, procuro dejar mi mente en blanco,
aunque de todos modos siempre pienso en el cigarro que me quiero fumar y que no
puedo, o que no tengo. Hoy terminé el libro de Zambra ahí, mientras me tomaba el
café y me fumaba el cigarro, envuelta en una manta. Cuando terminé de leer
pensé que la vida es como los libros de Zambra, breve, sin mucho detalle,
narrada en tercera persona. Mi profesor de Teoría y Crítica Literaria, después
de un desagradable, por no decir desastroso, coloquio con Alberto Fuguet –quien
hasta entonces había sido mi escritor favorito (ahora justifico esa terrible
falta con la corta edad con la que me introduje a su literatura)-, me recomendó
leer a Zambra. “Léelo –me dijo un día- Lee Bonsái. Puede que te guste”. Leí
Bonsái. Al poco tiempo fui a un seminario de Literatura en la universidad,
pagué la módica suma de dos mil pesos por apreciar el conocimiento ajeno y
sentirme miserable por lo terrible de mi ignorancia.
Conocí a Zambra, hablamos,
nos fumamos un par de cigarros y nos tomamos dos copas de vino, o tres. No
volví a leerlo hasta anoche, solo porque quería conservar el recuerdo de la
conversación que tuvimos, sus risas cuando le dije que era pobre, así que había
leído sus libros en PDF. Es simpático, más simpático que Fuguet y sus aires de
neoyorquino en Chile, su aire de Santiaguino de visita en una región de mierda,
llena de turistas y cosas vacías. Una ciudad que se disfraza de lindos colores
en verano, pero que es en realidad una copia triste del Edén, una miniatura de
Santiago.
Me pasa que
cuando leo a Zambra, recuerdo esa época en la que escribía y escribir era algo
demasiado íntimo, pero que deseaba ser compartido. Se llama sublimación y es un
fenómeno de la adolescencia que estudié en psicología, aunque eso no importa
mucho. Ya no tengo cómo sublimarme. Ya no escribo, o escribo, sí, pero cosas
estúpidas, vacías de sentimiento, imaginarias. Me gusta la ciencia ficción,
pero para leerla, para verla en películas en el cine, no para escribirla.
Siempre digo que soy demasiado racional para esas cosas, demasiado racional
para crear mundos que no se conciban en un aquí y en un ahora. Pero también soy
demasiado racional para entender de sentimientos. Quizás por eso dejé de
escribir, aunque sigo escribiendo. Ya no de mis sentimientos, sino de
sentimientos ajenos, inventados, sentimientos que se relatan tal cual los
relata un inexperto en un libro, un adolescente escribiendo sobre sexo basando
su experiencia en las películas pornográficas del iSat. Me gustaba escribir y mi
sueño era ser escritora. Error, nadie es escritor. Todo el mundo es algo más –quizás
algo superior- a “ser escritor”. No, no todo el mundo. Todo el que escribe es
algo más que un escritor.
Yo ya no
puedo ser escritora. Decidí hace un poco más de un año, que no quiero publicar
mis pseudonovelas, que nunca quiero publicar ni siquiera un cuento breve, un
micro relato, o uno de esos parrafitos de “Santiago en cien palabras”. La idea de ser leída me aterra, aunque quizás
la idea de no-ser-leída, me aterra mucho más. Por eso escribo cosas ajenas, sin
entregar mucho de mí, solo lo suficiente como para que la pequeña historia me
siga perteneciendo.
Sigue
siendo domingo en la mañana. Ya no me queda café y en la cajetilla blanda solo
restan dos cigarros que tengo que hacer durar todo el día. He querido dejar de
fumar muchas veces, pero no puedo, así como he querido volver a escribir muchas
veces y tampoco puedo. Mi afán por escribir ha decantado. No, no ha decantado,
ha devenido en un afán por leer. Me queda una novela de Zambra todavía… Y mucho
domingo por delante.