Showing posts with label Disarm 5. Show all posts
Showing posts with label Disarm 5. Show all posts

Cap. 5 - Disarm

Desperté desnudo sobre una camilla, tapado con sábanas blancas, adolorido, cansado, sin ganas de nada. Abrir los ojos significó un golpe duro, mi soledad me persigue, la habitación estaba vacía y mi ropa, sobre un mueble y doblada. Me pregunté cuánto llevaba allí... y la ventana me indicó que seguía siendo de noche, quizá no había pasado tanto tiempo.
Desorientado me levanté con la sábana rodeando mi cintura e ingresé a un pequeño baño donde me vestí, calcé mis desgastadas converse y arreglé mi rostro más pálido que de costumbre, con una horrible barba y bigote que la última vez que me había mirado, no tenía. Mi cabello, al menos, seguía del largo que me gustaba, hasta los hombros, castaño oscuro.
Mis manos estaban pálidas, heladas, un tanto lentas, pero seguían igual de imperfectas como las había dejado. Allí aún decía Halloween, al menos. Me gustaba esa representación, más que de mi cumpleaños, del día en el cuál decidí emanciparme, huí de casa, dejé la escuela, mis padres, mi familia, mi novia y sus manos perfectas, Jamia y sus manos perfectas.
Me pregunté por primera vez qué sería de ella. No la veía hacía once años.
Quizá el golpe en la cabeza me había afectado la sensibilidad. Me prometí no buscarla, no saber de ella, ni siquiera pensarla cuando la dejé. Ella lloró, me golpeó, maldijo mi existencia y me advirtió todo lo que yo con los años he aprendido. Teníamos 16, pero yo estaba perdido en sus ojos verdes, en su voz, en ese rollito que se formaba en sus caderas a causa del jean negro que le fascinaba y sus manos… si dios existiera, de seguro las manos de Jamia serían envidiadas por él.
-Stop it, Frank.- le dije a mi reflejo. Refregué mis ojos y salí de la sala y del hospital rumbo a mi refugio céntrico, mi cueva, mi cárcel.
Entre dos edificios del centro, existía una propiedad menor, otro edificio de apenas cuatro pisos y ocho habitaciones. La dueña era una mujer mayor, ciega, acostumbrada a tratar más con gatos que con seres humanos y dispuesta a morir en su edificio, una adquisición de su esposo en los años 40, antes de que comenzaran a crecer “los pueblos” como Jersey, según decía. Me dejaba vivir en el tercer nivel, en el departamento que tenía vista a muros y un estacionamiento monstruoso que irritaba, sobre todo en las mañanas cuando comenzaban a llegar todo tipo de móviles y tocaban las bocinas, hacían crujir los motores y una que otras vez, chocaban y se armaba un escándalo menor. Lo único que me pedía a cambio, era que mensualmente cobrara a los otros locatarios y me encargara por ella de pagar los gastos comunes, agua, electricidad y gas. Ella no se fijaba si yo estaba o no, quizá no le interesaba, mientras el día 30 de cada mes llegara con las boletas y el dinero sobrante de la renta. Hubo un tiempo en que me ofreció pago, más yo me negué y descubrí un día en el refrigerador varios billetes que ella misma había dejado con una nota; “come algo, no te veo, pero estás delgado”. Desde entonces, quizá hasta le tomé algo de cariño a la señora de los gatos.
Subí las escaleras, siempre dejaba las llaves bajo el piso de entrada para no perderlas y en efecto, allí estaban. Abrí e ingresé a mis cuatro paredes, sabiendo que había algo diferente.
Encendí la luz y me dirigí a la cajita donde guardaba las pocas prendas que poseía. Saqué una playera roja, jeans negros, una chaqueta de mezclilla del mismo color. Ropa interior, calcetas, mis converse las seguía calzando.
Baño; me desnudé y di el agua de la ducha, descolgando la toalla de la cortina. Mientras esperaba los diez minutos fijos que tardaba, al menos en mi departamento, en calentarse el agua, saqué del botiquín una Gillette vieja, que usaba para afeitarme. Jabón, un poco de agua, rasurada y voila, al menos estaba un poco más decente.
Cuando me sometí al agua, aún no estaba del todo caliente. Me quejé, me dolió la cabeza con el contacto en el agua y reí. Tal vez sólo era un cerdo cómodo y quejica.
Me tomé unos segundos para respirar e intentar un recuento de las cosas que habían pasado en las últimas horas. Bajo el agua, parecía que pensar fuese mucho más sencillo y relajante, un poco más íntimo, una instancia para mí, mi mente, mis deseos ocultos, mis sueños y mis más profundos temores. Bajo el agua, era un niño indefenso, era Frank Iero, diez años menor, asustado, pero dispuesto a hacer algo para volcar mi vida hacia lo que quería, para provocar el cambio que el mundo necesitaba, para soñar libremente con ser alguien, pero no ser una persona reconocida con fama o dinero… si no que ser reconocido por haber arrancado de la masa y haberle torcido la mano al destino que me quería para algún otro propósito, menos revolucionario, quizá. No sonreí al saber que no había conseguido mi objetivo después de cientos de gritos.
Una vez estuve listo, arreglé mi cabello y me preparé para salir a las calles nuevamente.