El Underground era una especie de pub, un lugar estrecho, pequeño, con un escenario apretado, una pista, un par de mesas y gente andrajosa como yo, gente rechazada por otros lugares demasiado convencionales, jóvenes, más que yo, intentos de punk rockers, rebeldes mal enfocados y un montón de resentidos sociales que lo único que hacen es pedir monedas, vender su alma y luego arrepentidos, ahogarse en alcohol. Claro que alcohol no es lo único que expende Camille, o Rec, como yo le llamo, el dueño del local.
-qué tal, Frank- me saluda mientras seca un vaso como el cantinero clásico digno de los Simpson.
-aquí- dije apoyando la lata de pintura en la barra sin sentarme aún. Rec toma mi lata y la reemplaza por unos cigarrillos y una cerveza helada que transpira y me tienta a beberla. Antes de eso le sonreí sobre el vaso- no tengo dinero, Rec. Gracias por el intento, de todas maneras.
-la casa invita.
- No, muchas gracias.
-Frank… no puedo alimentarte, pero sí puedo darte una maldita cerveza. Bébela o te la inyectaré, enciende el maldito cigarro y libera el stress con el que vienes.-dijo empujando el vaso hacia mí.
Sonreí de nuevo, en realidad sin ganas de hacerlo, sin ganas de sentir la lástima de Rec.
-chico, estás en un lío.-me dijo un tipo a mi lado- tienes vibras de estar en aprietos.
Rec me miró, no sonreí, no hice nada. Encendí el cigarrillo L&M e intenté borrar mi mente con la nicotina, infructuosamente.
-habla- me ordenó el tipo tras la barra. Odiaba sentirme obligado a hacer algo que no quería, sin embargo era una situación especial, Camille me permitiría dormir en su local, me había dado una cerveza, cigarrillos y al siempre se había comportado como un amigo fiel, un hombro sobre el cual poder quejarme, llorar incluso. Aunque jamás nuestra cercanía había sido esa.
-no ocurre nada- admití antes de beber un trago de cerveza- estoy un poco cansado.
-¿dónde andabas?
Sonreí.
-mañana quizá te enteres.
-oh Frank… no mataste a nadie, ¿cierto?
Una risilla absurda me abordó, demasiado divertido con su comentario.
-jamás he sido tan extremista.-dije al serenarme- me faltarían agallas. Además sabes que soy de no esconder la mano al arrojar la piedra, así que estaría con la policía en este minuto de haber matado siquiera a un perrito.
-¿entonces?
-hice un mural en la catedral.
-¿y?
-y nada. Me vine.
-¿dormirás aquí hoy?
-si no tienes inconvenientes, te lo agradecería- dije volviendo a beber. El sabor amargo en mi boca y la frescura recorriendo mi esófago me reconfortó, incluso me relajó un poco. Rec se dedicó a atender a unos chicos, probablemente menores de edad que compraban cerveza barata y cigarrillos como los que yo fumaba. Uno de ellos vestía una playera de Misfits y la etiqueta de la tienda “Black Side”, popular por su calidad y altos precios, se le arrancaba por la parte de atrás. Reí con ganas, con ironía y deseos de que me vieran para sacarles en cara su postura barata. Lo hicieron, me observaron y uno de ellos, el único callado, que no reía y que entregaba unos pocos centavos para el alcohol, no apartó sus ojos de mí, hasta que le extendí uno de los cigarros que me habían dado. Lo tomó e inmediatamente le ofrecí fuego, una cajita de fósforos.
-Me encantan tus murales- dijo el chiquillo. Lo miré detenidamente, mis murales estaban en todas partes, pero yo jamás los había firmado. Sólo estaban allí, se perdían en el tiempo, acababan bajo capas de pinturas clásicas, roídos o desgastados por el tiempo, la lluvia, el sol, la gente, las miradas, las críticas. No respondí, me dediqué a mi cerveza y a mirar hacia el frente, la barra llena de licores caros, que nadie en el lugar compraba. Sus amigos hicieron la compra, se marcharon, pero él no, el chiquillo se quedó a mi lado con una botella de cerveza y el cigarrillo que le había dado. Me pregunté si esperaba una respuesta, unas gracias, una recomendación o algo por el estilo. Volví a mirarlo, el chico no debía de tener más de 16 años.