En el café

Era temprano por la mañana. Mi turno en el café acababa cerca de las 10 AM y para eso todavía quedaban un par de horas que se me harían eternas.
Me agradaba aquel empleo. Sobre todo, me agradaba el turno que me tocaba, de 11 de la noche a 10 de la mañana. Era lo mejor, sobre todo por la parte en la que debía ver a camioneros posar sus transpirados traseros sobre las butacas y beber café o comer algo. Me llamaban la atención sus fuertes brazos llenos de tatuajes... Siempre me distraía observando aquellos dibujos con historia, a veces hasta se me subía la leche que calentaba y debía dedicarme a limpiar el enorme desastre de la máquina, que funcionaba mal desde antes que yo ingresara a trabajar aquí.
El café no estaba precisamente en la carretera. Se encuontraba a la salida de un pueblo desolado, desértico y sin ninguna otra clase de acción que esos camioneros transeúntes, que viven de café y bollos que saben a plástico. Excepto por ese día.
El salón estaba completamente vacío mientras yo dormitaba sobre una de mis revistas antiguas, cuando sonó la campanilla. Levanté la vista para encontrarme con una figura pequeña, totalmente cubierta por el gorro de un hoodie que le quedaba demasiado grande para su talla. Se dejó caer pesadamente en una de las mesas y me apresté a atender.
-Muy buen día- saludé con una sonrisa media adormecida- ¿qué puedo ofrecerle?
La figura se arrojó sobre la mesa y resopló. Preocupado me incliné, dejando la estúpida libreta que usaba para anotar los pedidos sobre la mesa.
-¿se encuentra bien?-consulté buscando rastros de vida en aquel humano.
-Si, gracias- me respondió una voz de muchacho. Sonaba como un adolescente y de hecho pude notar que lo era cuando se incorporó y se quitó el gorro que cubría su cabeza semirapada.- ¿podrías darme un café?
-tal vez sería más sano que llamara a tus padres… mira como estás- dije saliéndome del protocolo y observando las heridas de su rostro. Tenía sangre seca en la boca y en la nariz, además de una horrible cortada cerca del ojo izquierdo. Estaba en pésimas condiciones y a leguas se notaba que su noche había sido la peor de su vida… aunque no hedía ni a alcohol ni a tabaco. Sólo un poco a humedad y a una colonia cuyo rastro se perdía conforme pasaban las horas.
-me conformo con el café…
Me erguí y decidí que no debía entrometerme. Aquel muchacho no debía andar en los mejores pasos si se hallaba en ese estado y bueno… yo sólo servía el café, no era el tutor de nadie que llegara al local.
-…aunque gracias de todos modos.-alcancé a oír mientras me retiraba.
Me fui tras la barra a preparar el café y él se levantó para hacerme compañía allí. Rápidamente le serví un café cargado y saqué un par de pastillas para el dolor de cabeza que le extendí sobre una servilleta junto a su café. Él me dedicó una sonrisa amable y las tomó, junto a un sorbo que vació la mitad del tazón blanco que acababa de servir.
-Me llamo Frank.- dijo sorbiendo su nariz con poco disimulo- Y no quiero que llames a mis padres, porque fueron quienes me dejaron así.
-…Lo… lo lamento- musité contrariado. Creo que me sorprendió lo abierto que era el muchacho para hablar del tema, pero lo dejé pasar para intentar hacerlo sentir cómodo- No eres del pueblo, jamás te había visto.
-Un camionero me dejó aquí- dijo antes de volver a beber de su infusión caliente, descansando los ojos- ¿cómo te llamas tú?
-Gerard.
-Un placer conocerte, Gerard- extendió una mano y yo la tomé. Pude ver que, tanto en sus dedos como en el resto de su mano, cientos de historias en tinta se perdían entre los pliegues de su ropa.
-el placer es mío…-dije extrañado- Sabes, no tenemos baño público aquí… pero si quieres, puedes pasar al del personal, para que te limpies un poco eso… No te da el mejor aspecto del mundo.
Rió con una voz armoniosa y se acomodó la cresta de cabello que le caía sobre los ojos, detrás de la oreja. Miró los míos detenidamente y sostuve su mirada inquisidora antes de devolverle una risilla tímida y desviar la vista hacia la servilleta. Sus ojos verdes eran lo más expresivo que había visto en mi vida.
-sé que no debo lucir tan guapo como soy- volvió a reír, esta vez con una melodía aún más contagiosa- así que acepto tu propuesta.
Se bebió lo que le restaba de café de un sorbo y se levantó, mientras yo abría la puertecilla trampa que lo llevaba tras el mostrador. Le indiqué por donde quedaba el baño, e ingresó rápido. Un par de minutos después, me llamó y acudí rápidamente a ver qué necesitaba.
Pasó todo en unos instantes. Cerró la puerta del servicio y apagó la luz… luego sentí sus manos sobre mi pecho y un beso húmedo al cual no me pude resistir, con la mente totalmente en blanco. Creo que ningún pensamiento era demasiado importante como para distraerme de esos labios traviesos que me tomaron por sorpresa. Era una sorpresa agradable de todos modos, tibia, cercana, muy familiar… incluso su respiración parecía acompañar la mía acompasada, media dormida como el resto de mi cuerpo, perdido entre un mundo que no reconocí como la realidad, sino más bien un sueño en mi cama cálida y confortable.
De pronto ya no estaba y la puerta quedó entreabierta para dejar arrancar mis latidos agitados y mi respiración loca por culpa de aquel encuentro súbito y rebelde.
Huyó por donde mismo le había visto entrar, haciendo sonar la campanilla del local con furia. Mientras recuperaba la cordura, sentí estallar la tormenta fuera del lugar y mi reloj digital dio la alarma de las 9.
No lo volví a ver nunca más. Tan sólo dejó el dinero del café que había bebido y olvidó una bandana ensangrentada, que colgué en el mostrador, por si alguna vez volvía.
Desde entonces y cada vez que temprano estallaba una tormenta, me sentaba a observar tras el cristal, para ver si aparecía entre la lluvia en un busca de un café… o de mi.

1 comment:

  1. Por un momento pensé que el narrador podrías ser tu, o una representación tuya dentro del cuento. Cuando se enuncia que Gerardo Camino era el narrador inmediatamente advertí el desenlace yaoi que se avecinaba...

    Salvo un par de detallitos, tu estilo está bien pulcro y fluido, me agradó.

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