Terminamos el café un silencio incómodo y mientras retiraba las tazas de la mesa de la cocina y las dejaba en el lavabo, te levantaste y saliste del lugar, pretendiendo una huida silenciosa y discreta. No poder explicarte mi encaprichada mirada me frustraba y tu enojo evidente me revolvía el estómago al punto de quitarme el habla.
Definitivamente tenía un problema con las expresiones verbales y en cambio tú, eres todo lo contrario: Escupes lo que sientes con tal claridad que es abrumador escucharte hablar con esa mirada transparente penetrando en mi alma.
Me encaminé a tu habitación y toqué tres veces, revolviendo el cenicero entre mis manos con nerviosismo. No sabía si me permitirías entrar, no sabía si estabas molesto conmigo o con mi inutilidad… cualquiera de las dos me tenía como motivo principal de tu actitud distante.
-No me gusta que me oculten las cosas.- murmuraste. Supe que estabas apoyado en la puerta sólo por la cercanía de tu voz, y es que casi percibía tu aliento colisionando con mi oído en un abrazo imaginario.
-Jamás lo hago- respondí con la pena obstaculizando mis palabras.
-Entonces explícame por qué demonios me miras así. No te entiendo, no entiendo nada.
Suspiré y apoyé mi frente sobre la puerta de madera color caoba. Necesité imaginar que estaba apoyado sobre tu frente y acaricié la superficie lisa, intentando figurar tu piel helada entre mis dedos.
A veces la imaginación me puede llevar muy lejos, al punto en el que no sé cuánto expreso en palabras, como te gusta, y cuánto expreso con sólo imaginar las cientos de situaciones juntos, lo mucho que ha significado mi tiempo contigo, la terapia que me brindas sin saberlo , las palabras que me susurras cuando estoy ahogado en mis miedos silenciosos.
A veces esa imaginación me lleva a lugares oscuros en los que no estás y me siento perdido, no sé precisamente cómo explicarlo, pero el desasosiego y la apatía son una mala mezcla, porque no existe salida.
A veces y en mis mejores alucinaciones estás tú y tomas mi mano, alejándome de esa terrible oscuridad, iluminándome con tu sonrisa, levantando mis días y reconstruyéndolos a tu manera, que siempre es de mi gusto.
Es increíble lo poderosa que puede ser la mente en minutos como estos. No puedo ignorar el hecho de que no escuchas mis pensamientos y que esperas una respuesta, con el miedo de que sea inexistente, silenciosa como tantas otras… Quisiera que pudieras oírme pensar todo lo que significas para mí.
A ratos me encantaría explicar por qué te miro de esta forma… hace muy poco descubrí la respuesta, pero siento vergüenza de confesarlo y de que huyas asustado lejos de mí. Mi miedo es perderte, y tengo ese miedo porque siento por ti una admiración enorme, indescriptible, incontable y con un tamaño mayor al de todos los universos juntos en una enorme botella de cristal con la que alguien juega a ser Dios.
Admiro como te expresas. Admiro el verde de tus ojos tan expresivos, admiro tu forma de enfrentar la vida y de ver las situaciones con el vaso medio lleno inclusive aunque apenas queden dos gotas. Me sorprende tu capacidad de análisis inmediato, tu fijación por pequeños detalles que yo en mi mundo disperso paso por alto, me sorprende tu talento, tus manías discretas, tus vicios culpables y los admiro, los admiro todos. Te admiro porque tienes el poder de controlarte y controlar tu ambiente como un animal que todo lo conociera, sin miedo a fallar en el intento.
Admiro que en tus caídas, te levantes y tengas las fuerzas para cargar con los cuerpos muertos, consecuencia de la batalla.
-Yo… -comencé tembloroso.
-¿Me venderás un paquete de mentiras de nuevo?
Guardé un silencio quizá más prolongado y el cenicero resbaló de mis manos destruyéndose en pequeños pedazos a mis pies. Abriste la puerta y casi pierdo el equilibrio, de no ser por el abrazo en el que me cobijaste con fuerza.
-Tengo suerte… me asustaste- dijiste en un susurro. No sabes que quien tiene la suerte aquí, soy yo con tus manos aferrándose a mi cintura y con el placer de poder respirar el aroma a café y tabaco de tus cabellos.- Por un minuto, creí que lo que se había roto era tu corazón.
Me hundí en tu cuello exacerbando mi respiración al máximo para capturar tu esencia, mientras guardaba en mi alma tus palabras como una guía protectora. Yo también tenía miedo de hacerte daño y de que te alejaras de mí, pero aún no descubría cómo enmendarlo. Quizá tu no fueras consciente de ello, pero sólo tu tacto reparaba cualquier malfuncionamiento en mi ser.
Una caricia de todas las que me brindabas fue más allá y se coló entre mis ropas, erizando todos los vellos de mi cuerpo. Sentí tu respiración entibiándose y ambos prolongamos la tortura al máximo, hasta que el dolor en nuestras pieles fue irresistible y tuvimos que abandonarnos, para un tacto más cálido.
El tic-tac del reloj del pasillo, marcaba los compases de los besos que nos entregábamos en plenitud.
Tic-tac
Tic-tac
Tic-tac
Tic-tic
Tic
Tic-tac.
De pronto tu tacto fue violento y me sentí desprotegido de la parte que me entregaba un afecto inocente e infantil. Deseé que la quema de tus roces no se detuviera ni un segundo mientras pisaba los vidrios del suelo y accedía a tu refugio desordenado.
No me tomé el tiempo, como de costumbre, de fijarme en tu guitarra, en tus desordenados libros ni en tu desastre digno de tu impulsiva naturaleza. Creo que sólo entonces caí en la cuenta de que mi imaginación había llegado demasiado lejos, porque te veía transpirar y que esa transpiración perlaba tu piel y que esas gotas avanzaban hacia la mía mientras me despojaba de todo lo que no me dejase fundirte a mí, a mi cuerpo, a mi alma.
Cómo quería que hubieses visto las imágenes que pasaron por mi cabeza cuando tu quejido ahogado en mi oído desató mis más lujuriosos pensamientos.
Alguna vez me perdonarías por ser un impuro, un libertino, por dejarme llevar por tus caricias y tu piel como si fueran mi único recurso de vida, como si estuviera perdido en un océano de atardeceres a tu lado, con tus besos, esos que ahora recorrían mi vientre y me inquietaban de sobremanera, pero que me rescataban desde la profundidad para ver el sol. Y es que eso eres para mí.
El único sol que no me dañaba en mi autoimpuesta condición nocturna. El único sol que me permitía florecer con mi naturaleza, independiente de cuál fuera ésta, sin prejuicios… Tu sólo iluminabas hasta quedar satisfecho con la cosecha, hasta que el fruto saliera, incluso si saliera podrido.
Yo más que nadie, era una de esas plantas que sólo entregan frutos secos.
-No te entiendo- gemiste con ira contenida, mientras me sometías bajo tus brazos fuertes y yo no podía hacer nada.
Cerré mis ojos y permití que te descargaras en mí con todo ese rencor que te embriagaba. Te sentías culpable por no entenderme, pero si debíamos buscar un culpable, ese era yo disfrutando egoístamente de lo que me entregabas, alimentándome de tus energías y robando todo lo que podía alcanzar de ti.
Tú no sabes que siempre estoy solo… siempre resbalas de mi alcance cuando pienso que podré mirarte a los ojos como igual, siempre subes, siempre tienes una palabra, un consejo, una caricia, una mirada, un beso, un susurro que me encanta y me aleja, y te admiro mucho más. Me pierdo en tu voz ronca y en el placer inexorable que me hace un egoísta quitándote lo que tienes.
“Todo lo que tengo, lo tengo para ti”
-Te amo- susurré cuando cerrabas tus ojos recostado sobre mi pecho, ya sin esperar respuesta a tus dudas. Aunque aquellas palabras no hubiesen sido parte de mi imaginación y en serio la corriente de nuestros pensamientos se hubiese juntado y hubieras entendido todo lo que significas para mí, sabía que necesitabas oírlo. Ya no podía negarte nada, preso de mis sentimientos estancados.- Y eso no es una mentira.
-Lo sé.-aseveraste rodeando con tus brazos mi abdomen y aferrándote a mí como si por algún loco motivo quisiera escaparme- Sin ti no soy nada.
Suspiré nuestros aromas mezclados y sonreí. Cerré mis ojos con la esperanza de que todo ello no hubiera sido un sueño más, como los de cada noche.
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