-¿tienes padres?-dije finalmente.
-están de viaje.- respondió.
-entonces te disfrazas y sales a hacer maldades, para acompañar a tu grupo de amigos.
-no son mis amigos, los conocí aquí afuera y me invitaron a entrar. No me disfrazo y no salgo a hacer maldades.
-sales a lucir una postura neoliberalista que ni siquiera comprendes.
-Salgo a vivir.
-nadie aquí vive, amigo- dije con una sonrisa- todos estamos muertos.
-qué lástima- me dijo- creí que eras un tipo interesante, con buenas ideas.
-lo siento, soy sólo la cara.
-Fake.
-Grow up, boy. You’ll understand it in a few years.
-Frank, deja de espantar a mi clientela.-advirtió Rec, mientras el chico se sentaba en la barra a mi lado.- éste chico bebe más de lo que tú, paga y no es un ingrato.
-Gracias- dije con ironía. Observé la cerveza, quedaba más de tres cuartos del vaso de medio litro.- ¿a qué hora cierras este lugar?
-¿qué hora es?
-no soy esclavo del tiempo, Rec.
-las dos treinta de la mañana- dijo el chico, sin mirarnos.
-supongo que en una hora más. La gente se irá pronto.
-de acuerdo.- bebí lo que quedaba sin detenerme a respirar y posé el vaso quizá con más violencia de la que pretendía, sobre la barra.-gracias por el trago.
-¡hey, ¿te vas a quedar aquí?!- me gritó cuando ya casi llegaba al umbral.
Levanté mi dedo pulgar y me puse la capucha. Ésta vez iba sin el spray. Iba a pensar… o a focalizarme un poco.
Caminé con las manos en los bolsillos por calles solitarias, posiblemente por la noche. El barrio era céntrico, casi jamás rondaba por la periferia. Odiaba encontrarme con esos grupos revolucionarios o con los otros radicales, nacionalistas. Gangas, traficantes, violadores… no me gustaba verlos, ni me gustaba enfrentarlos. Ellos jamás se acercaban al centro y yo siempre, siempre me quedaba allí, en mi refugio, en mi espacio, sobre mi lienzo y con un par de pinturas.
Me senté sobre una banca en una plazoleta de una esquina. Un recodo de naturaleza entre el cemento y los edificios era suficiente para mí y para el momento en que volví a enfrentar mis manos.
Dicen Halloween. Están destruidas por el frio, el spray, el descuido, las peleas, las caídas, los intentos de acabar con una existencia demasiado miserable. Están partidas y en los nudillos se tornan duras, blanqueadas como por cal, adoloridas. A veces ese lugar se irrita y está rosado, o rojo, o desborda sangre de tanto golpear paredes en busca de un escape a mí mismo.
Me pregunto cuánto tiempo puede un ser humano resistir esto. Yo llevo 25 años.
Un grupo de personas viene por la calle, probablemente ebrios, quizá sólo un poco contentos. Ríen, una chica grita, otras continúan la carcajada y las voces varoniles también se hacen presentes. Los tacones invaden la esquina y el grupo guarda silencio al verme allí, sentado en la oscuridad, sólo, vacío.
-hey, tú…- dice uno de los tipos acercándose. No me muevo, mis ojos están pendientes en sus manos, tan burdas como la de la mayoría de los hombres. Lleva un anillo, no hay tatuajes, no hay marcas, sólo un corte similar en cada mano. Descuidado.- qué tienes para vendernos, muchacho…
Sigue moviendo sus manos y de pronto entre ellas aparece una billetera. En menos de un segundo, agita un abanico de billetes frente a mi rostro, esperando a que saque “mercancía”, o que se lo quite y salga corriendo. Evalúo la situación, sería fácil como robarle un dulce a un bebé.
Dejo sus manos brutas, mis ojos no ven el dinero, se dirigen directamente a los azules del tipo, quien insiste en verme como lo que él quiere, no como lo que malditamente soy.
-¡vamos, chico, apúrate!
-no soy traficante. Te equivocaste de persona.
-¿no tienes nada? ¿Ni siquiera un poco de marihuana que nos vendas? Te pagaremos bien, chico.
-allá ustedes si quieren drogas. Yo no las tengo.
-¡dame tu maldita mercancía mocoso!
Recibí el golpe desprevenido, en la mejilla izquierda. Seguí sin moverme, no lo quería golpear, había más gente. No quería problemas, sólo buscaba paz, tranquilidad, un minuto de la maldita y codiciada soledad.
-no me vas a vender tu puta mierda, ¿eh? Entonces te la sacaré, bastardo.
Me levantó por mi chaqueta y quiso sacudirme contra la pared, pero no lo logró. Quizá estaba demasiado ebrio. Las chicas gritaron y los chicos se unieron para golpearme, tres contra uno. No estaba dispuesto a hacer nada hasta que el más viejo de los tres sacó una navaja e intentó hacerme daño. Un corte en la cara fue mi saldo por pacífico y entonces, me vi obligado a defenderme y golpearlos de vuelta.
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