Tengo un fetiche con las manos de las mujeres. Me encantan, son perfectas, o al menos la mayoría de ellas. Me gustan esas manos alargadas, de dedos finos, uñas cuidadas, da lo mismo si son largas, cortas, pintadas, con brillo, naturales, rosadas o muy pálidas. El único problema es que todas esas manos llevan un anillo, una argolla, un compromiso fuerte que las arruina, o aún peor, otra mano asiéndola, opaca, curtida, con vellos, con sudor… una mano que arruina la belleza de otra mano.
Odio esas.
Observo las mías por un instante, antes de apartar con resentimiento la mirada y continúo pintando con la lata de spray negro. No me quito la capucha mientras recito en un costado de la catedral, sobre las manos que acabo de dibujar: “GOD IS EMPTY”.
-¡hey!
Termino mi cometido y sin voltear al llamado, camino con paciencia lejos de la iglesia, busco un refugio, sé que me están siguiendo, buscan atraparme, pero yo soy mucho más rápido y conozco esas calles de memoria, desde mi infancia, desde que nací, desde antes de hacerlo.
-¡mocoso, ven aquí!
Oigo a la policía a lo lejos, quizá vienen por mí, quizá no. Tampoco es que me importe mucho.
Me dejo caer en el suelo, en un rincón en el cuál no me hallarán. La gente cuando busca, siempre olvida los lugares más obvios, se dirige a los complejos, a los lugares rebuscados y puede pasar cien veces al lado del objeto o persona que buscan y no lo hallan, no pueden verlo incluso aunque éste se ría a carcajadas en su nariz, por la idiotez extrema y el poco sentido de lógica.
Me dedico a pensar… ¿quiero que me encuentren? De ser así, ¿para qué? La emoción de mi vida seguía en el creerme adolescente, intentar ir contra el sistema, escribir mensajes a los adoctrinados, a esos que apoyan la guerra, a los que creen que perder la vida por su país es un acto heroico y no egoísta, a los que pasan de compras y consumen todo lo que tienen, consumen lo que no, lo que las casas comerciales les brindan en una tarjeta plástica que pagan como manda. Escribo mensajes a los revolucionarios que se visten de marca, que todos los días usan un pantalón distinto, a esos que visten playeras de The Ramones con un sweater Lacoste, a los que hablan de rebeldía mientras siguen enclaustrados intoxicándose en alcohol y marihuana, a los que tienen, a los acomodados, a los cómodos, a los que no quieren salir adelante y a los que en búsqueda de aquello se vuelven magnates egoístas, olvidan las causas sociales, olvidan de dónde vinieron y olvidan dónde van, cegados por ese billete verde con la cara de un sujeto que lo que menos refleja es humildad.
Yo soy un egoísta y vivo por mí, hago lo que quiero sin ser presa del dinero, sin ser cómodo. Me aburrí de intentar cambiar el mundo, porque soy un grano de arena en el Sahara o una partícula insignificante, un átomo, o menos que eso. Descubrí con los años que en la quimera de echarme al mundo encima y cambiarlo, existía el derrotismo y caí en él y no me avergüenzo de decirlo, ni me avergüenzo de serlo. El sistema pudo derrotarme, pero no cerró mi boca ni cortó mis manos y yo seguiré entregando mensajes, seguiré arrancando y viviendo y cerrando los ojos tarde, casi al amanecer, cuando recién me siento seguro.
La policía pasa a mi lado, corren con sus armas con el sujeto que me vio y me denunció, pero tal como supuse, no me vieron. Me levanté, decidí caminar un rato más antes de volver al Under, el lugar donde sabía, podría dormir al menos por esa noche.
No comments:
Post a Comment